Pregón de las fiestas de San Agustin
Lobras, 2011

Francisco Checa y Olmos

27 de agosto de 2011









Buenas noches, lobreños, gente de Lobras, amigos y amigas, festeros reunidos. Antes que vosotros os hayáis hecho esa pregunta en la que ahora pensáis: “¿Quién es ése que ataviado de esa guisa se dirigirá a nosotros?, que es igual que decir: “¿Por qué da ése el pregón hogaño?, Pues antes que vosotros esta pregunta ya me la he hecho yo. Bueno, tranquilos, todo a su tiempo, que son cuestiones que espero ir contestando.

¿”Por qué yo”, me dije, si apenas conozco de estas casas blancas a 10 vecinos y de éstos no alcanzo a nombrar tres apodos seguidos?

Por qué yo, me pregunté cuando Emilio y los responsables de la Comisión de Fiestas me lo ofrecieron en Mayo pasado, si como apunté:
  • Yo no sé tocar la trompeta (como tan bien lo demostró el Dr. Peña, pregonero de 2010).
  • ¡Pues tocas una cuerna!, me respondieron, y quedé en suspenso.
La historia es larga y antigua y se teje de verdades y mentiras eternas. Con un poco de paciencia intentaré desvelaras. Me acuerdo cuando yo era pequeño y fui a ver a mi abuelo Francisco a casa de mi tía, donde él vivía. Observé en el defán una caracola tan gigante que, sorprendido, le pregunté:
  • ¿Qué es eso, agüelo?
  • Una cuerna, hijo, me contestó. Era de mi padre, el tío Perico, que tú no conocites; decía la había heredado de sus antepasados. ¡Ni se sabe los años que tiene!
  • ¿Y para qué vale?
  • Para avisarse los pastores entre ellos cuando hay tormenta en lo alto la sierra o para llamar a la gente en la dula las cabras...
  • Tócamela, agüelo, que la sienta
  • Aquí no, hijo, eso se hace en lo alto los barrancos.
Pero como yo era nieto sólo de cumpleaños y matanzas, con mi insistencia y su gana de agradar, conseguí que el abuelo Perico tocara la cuerna, con algunos esfuerzos e intentos, remojándose los labios y con una prosapia desconocida para mí: tentaba la cuerna con cariño, metió su mano derecha por la abertura y se la llevó a los labios. No le salió sonido limpio a la primera, pero sí tras varios intentos, tras resoplar y buscarle la postura...

Me quedé pasmado, pues no había yo imaginado aquel sonido tan grave y profundo al mismo tiempo. Al ver mi entusiasmo me dijo:
  • Mira, Paquillo, si te la acercas a la oreja oirás el ruido del mar.
Eso fue aún más sorprendente, porque, ¡era cierto!: oí las olas del mar ¡tan cera!
Busqué en mi ignorancia infantil las verdaderas olas, tras la caracola, pero me topé con sus risas:
  • ¡Qué chiquillo! Hijo, se oye el mar, pero no se ve...
  • ¿Dónde está entonces?, le insistí.
  • Pues no creas que tan lejos, niño, detrás de esa montaña. Si la cruzas te encuentras con los pueblos de La Alpujarra y, un poco más abajo, está el mar...
Así fue como yo, natural de Lanteira, en el Marquesado del Zenete -detrás de esas montañas- oí por primera vez mencionar a La Alpujarra y situé al mar en mi mapa mental de niño, oyéndolo sin haberlo visto siquiera. Y no se refería mi abuelo a La Alpujarra Edrisiana, aquella que en 1212 dividía los reinos cristianos de las taifas musulmanes, ni a la que sabemos hay en la Sierra de la Palomera (en Cáceres), ni a La Alpujarra de Tuy, en Galicia, o a la que Bartolomé Cardozo fundó en Colombia hace siglos. No. El tío Perico se refería a Albuxarrat, La Alpujarra de verdad, la que con casas de cal adornan la ladera sur del Monte del Sol, como Simonet dice que la llamaban los musulmanes, Sierra Oróspeda, según se la nombra en los textos grecolatinos.

Mi abuelo Perico era pastor y murió como minero, y de estas profesiones qué os voy a contar yo a vosotros que no sepáis, si han estado presentes en vuestra historia más reciente. El tío Perico había sido hijo y nieto de pastores y presumía mucho de ser un buen conocedor de La Alpujarra y sus pastores. Yo lo oí hablar de Los Bérchules, de Mecina, de los jamones de Trevélez, de Lobras… Y en sus últimos años recordaba al tío Monteoliva, “un pastor como Dios manda”, decía; una vez me habló de cuando Natalio Rivas1  iba de la mano de sus caciques locales pidiendo el voto y en un mitin en Pitres les prometió “puerto de mar”.
  • Cuernas de esas también llevan los arrieros en las buchacas, sentenció.
  • ¿Quiénes son ésos, agüelo?
  • ¿Los arrieros?, son gente de Los Bérchules y Laroles, que traen y llevan cosas de un lao a otro de la sierra, con ruecas de mulos cargaos: higos p’acá, cebá p’allá. ¡Anda que si estuviera aquí “padre Petronilo” no te iba a contar cosas de los arrieros!
Padre Petronilo era su bisabuelo, así que en mis antepasados debió ser mi tatatarabuelo, que debió nacer sobre mil ochocientos… no sé cuántos... No recuerdo bien, ¡esta memoria mía que a veces me confunde lo real con lo imaginario! En mi linaje, 5 por encima de mi.

De los arrieros tampoco entendía yo mucho en mi infancia, pero después comprobé que a “Juan el de los Higos (secos)” se le mencionaba así porque era parte de la mercancía que traía cargada en sus dos mulos castellanos, subiendo por el Peñón del Lobo hasta el Marquesado (Ferreira, Aldeire, La Calahorra, Jérez, Lanteira…), cruzando la Sierra y bajando por el camino el Puerto, cuando estaba el deshielo, y por La Ragua en épocas más severas.

Y supe que en los años sesenta Juan murió helado, junto a su hijo y las bestias, cerca de Bayárcal una noche de ventisca de nieve improvisada que, como todas, pueden ser mortales. En Lanteira, por semejante tragedia, también son conocidos los Parullos, padre e hijo, helados en 1926, seguro que como otros muchos más en siglos pasados. Y yo mismo conocí en mi infancia a Antonio el pescaero, que traía desde Torvizcón los arenques que también se comían hasta en Guadix, traídos desde Motril a lomos de caballerías. Esas eran nuestras relaciones y nuestro comercio: el intercambio de cebada, trigo, garbanzos, salazones, queso y vino… entre estas dos comarcas hermanadas por un mismo verdor, un mismo frío, la misma sangre de los veneros -al norte y al sur- la misma nieve… para estampas granadinas irrepetibles y sus arrieros andando los caminos de herradura.

Me vinieron a la mente estas cosas cuando Víctor, Emilio y mi consuegra me señalaron con el dedo de pregonero para estas fiestas de San Agustín. Y debo reconocer que me emocionó esta responsabilidad, y se lo agradezco, como a quienes ahora me escucháis. Por eso se me ensancha el alma cuando aparezco por el Barranco de Bolimor, en la cumbre que ya da vista al mar2  Pero en realidad, cuando alcanzo Los Morenos yo sólo rodeo mi corazón para llegar al mismo lugar donde partí. Porque La Alpujarra es otra habitación de mi casa3

Cuando vine a Lobras por primera vez, un 25 de marzo de 2007, en la villa se celebraba el primer certamen de pintura al aire libre. Pasear por aquí me fue familiar, como sus gentes, iba sin prisas entre cobertizos y estas calles blancas y estrechas, como quien conoce el final de la jornada. Caminaba yo solo. Bajé al Haza del barranco y desde la era divisé el pueblo. No hacía más que darle vueltas a mi cabeza: “¡Yo he estado aquí antes!” ¿No les ha pasado alguna vez al ver un sitio por primera vez, contemplar un paisaje… o ver a una persona… estando seguro de haberla visto antes, sabiendo que no es posible…? Eso me pasó a mí la primera vez que vine a Lobras.

Este fue mi primer contacto con este pueblo, pero mi relación con él se ha hecho tan importante que incluso he llegado a ser una celebridad en él. Si no cómo se explica que nada menos haya alcanzado la Secretaría de la Asociación Cultural Acequia de los Castaños, un honor, amigos. ¡Un lujo! Incluso en las Jornadas Etnológicas que en mayo se organizan en 2009 pronuncié una conferencia sobre el trovo alpujarreño, ese sedante en tierra de dolor. Es cierto que no sé tocar ni la trompeta y me gustaría contar para esta ocasión con la cuerna de mi abuelo, pero he alcanzado la dicha de ser pregonero en año de crisis y elecciones. ¡Qué más puedo pedir!

Amigos, gente de Lobras, Tímar y Los Morones, voy a contaros la historia que anuncié al principio, para terminar.

Un pregón precisa de investigaciones sesudas, se ha de investigar en la historia del lugar, en su cultura, en las costumbres de estos pagos, leer otros pregones. Yo lo he hecho, porque quería estar a una altura que no sé si rozaré, pero hay que intentar no fallar cuando depositan en uno la confianza.

De manera que he visitado archivos y bibliotecas4, además de consultar los legajos que hay en el pueblo y leer cuanto se ha escrito sobre él y su gente. Todo eso porque, inesperadamente se ha cruzado en esta investigación un personaje del que nunca había oído hablar: Petronilo Morón Lara, arriero que en 1750 vivía en Lobras y ejercía su profesión, hasta que un día de la Virgen del Carmen de 1755, embarcó por el puerto de Cartagena rumbo a las Américas, a bordo la fragata Palas de Santa Yrene5. Por estas fechas Petronilo tendría unos 20 años.

El primer dato lo encuentro en el archivo local de Lanteira, donde aún se conserva una denuncia que me voy a permitir leer algunos de sus párrafos.
En el año de gracia de 1753, ante mí, escribano general del Marquesado, Luis de Jódar, en virtud de las facultades que me otorga la ordenanza de su Majestad el Rey, comparecen el alcalde de esta villa, Juan Gómez, y el cadí del castillo de La Calahorra, Aureliano de Villegas, para asistir a la causa oral en la denuncia efectuada por Pedro José Checa Vallecillos, natural de esta villa, y que pesa sobre Petronilo Morón Lara, natural de Lobras (Alpujarra), a quien apodan Nochidía, que viene acompañado de Sebastián Rodríguez, alcalde de Lobras, del escribano de la Taha de Jubiles, Andrés Ronquillo, y del denunciado”.
Pedro José relata los hechos imputados al Nochidía, según puede dar fe de que así ocurrieron y que su hija Sinforosa le ha contado en detalle, para que después el acusado rectifique o alegue lo que estime oportuno.
Que el día 26 de febrero de 1751 llegó a la posada que regenta Pedro y su hija Sinforosa, en la plazoleta del Mesón, el conocido arriero alpujarreño Nochidía, natural de Lobras. Que vendió el resto de su carga entre los lanterianos y que se volvía para su pueblo, siendo sobre las 6 de la tarde al despedirse, cuando, al llegar a la loma del Peñón se le presentó una fuerte ventisca de agua y granizo. Pensando que no podría llegar a su destino, pues ya era noche cerrada y en la Cuerda estaría nevando, decidió volverse a la posada. Que tocó a la puerta pasadas las 10 de la medianoche y que como nadie le abría hizo sonar su cuerna. Que asustada le abrió la puerta Sinforosa y que a la luz del candil lo reconoció y vio que venía chorreando de agua, él y las bestias, a las que tuvo que cortarles la cincha de la albarda para poder desaparejarlas. Que la posada esa noche estaba llena, incluso en la cuadra y en el pajar había durmiendo un padre y sus dos hijos, con bastantes caballerías. Que la posadera le ofreció cambiarse de ropa, al estar chorreando, en el portal. Que como no tenía ropa seca ella misma le ofreció la de su padre”.
Continúa...
La denuncia, con las declaraciones, acusaciones y defensa consta de varios pliegos que no voy ahora a reproducir, pero resumiendo, como habrán podido adivinar: que Petronilo, este hijo de Lobras, arriero, parece ser que durmió con Sinforosa la noche del 26 a 27 de febrero de 1751, el día de la ventisca. No queda aclarado si es con o sin su consentimiento.

La pregunta que podemos hacernos es: ¿solamente durmió? ¿Compartieron sólo habitación o también cama? No lo sabemos, lo que parece seguro, según se desprende de la lectura completa del juicio y sus alegaciones, es que no pasó la noche en las cuadras ni en el portal de la posada (eso lo confirmó el acusado).

Petronilo, acosado por las lenguas del lugar, tal vez por el fallo del juicio (al que no he podido tener acceso, pues no se encuentra documento alguno al respecto), o aquejado por su conciencia, sólo Dios lo sabe, decidió embarcarse hacia América, rumbo a Buenos Aires6. Hay un segundo dato. Realizando trabajos sobre mi Tesis Doctoral me llamó la atención que un tal Petronilo Morón Lara hubiera donado en 1780 a la Parroquia de la Anunciación de Lanteira mil reales para la restauración de su artesonado y tejado y que “el resto fuera entregado al cura para pagar las misas de cabo de año en memoria del alma” de una tal Sinforosa “la del Mesón”. Investigué sobre él en archivos y encontré una entrada suya en el Archivo de la Real Chancillería de Granada7, donde aparece como un hacendado tabaquero de la vega granadina, viviendo en el Carmen del Agua, del Albaycín8. En su expediente se puede leer en unas breves notas biográficas, que había vuelto rico de América, gracias al grado de teniente de navío que alcanzó al tomar el mando y timón de dicha fragata, una vez que su capitán había sufrido en alta mar una muerte repentina -hoy diríamos un infarto- y nadie entre los tripulantes se atrevió a tomar el mando, pues los dos cadetes –o alférez de fragata- que le asistían quedaron totalmente conmocionados ante el suceso. Imagínense un arriero al mando de un timón en alta mar. Es que quien sabe orientarse entre cumbres y barrancos, de noche y de día, lo sabe entre la mar plana. Este es un hecho muy conocido entre la armada española. Lo que no sabíamos es que aquel valiente pasajero era natural de Lobras.

Voy terminando. Desvelemos la historia. ¿Qué tiene que ver para este pregón una denuncia sobre un arriero de Lobras y un prohombre que donó dinero para restaurar el artesonado de la iglesia de mi pueblo, que a la sazón son la misma persona?

Según he podido comprobar, Petronilo José Checa Núñez, conocido como Josefillo, nació el 20 de octubre de 1751, justo 9 meses después de la noche de la ventisca. Es, por tanto, nieto de Pedro José e hijo de Sinforosa, y se le asienta en el Libro de Bautismo9  como hijo de madre soltera, porque no encontró varón que se hiciera cargo de la situación (por eso lleva los mismos apellidos que su madre); ésta fue repudiada por su familia y enfermó (al parecer de tristeza). Murió el 27 de agosto de 1755, cuando el niño tenía apenas 4 años en el pueblo de Cádiar10, hasta donde había venido a refugiarse, aunque está enterrada en Lanteira. Fíjense que hoy hace 256 años de su muerte.

Petronilo, es decir, Josefillo, es el padre de Padre Petronilo, el bisabuelo de mi abuelo Perico que un día, cuando yo era pequeño me tocó… [rebusca en la buchaca y saca...] esta cuerna.

¿Entienden ahora por qué mi querencia a este pueblo? Yo también ahora me lo explico. Pero a partir de hoy tengo una aventura para la que os pido colaboración: averiguar, entre ustedes, dónde están mis primos por parte de padre...

Estoy seguro que fueron mis antepasados quienes sirvieron de duende cuando yo arribé a Lobras por primera vez y me dictaron el poema que en mi libro Estación Azul se publica bajo el título de Lobras, en una Alpujarra que renace:

En rojo de tierra y siglos
se eleva al viento una torre
de pocos ojos,
guardián que vigila los ángeles
de alas planas,
negras de launa hechas.

Verde olivo de alfombra,
verde nieve de huertos,
agua de feroz curso,
acequias que hizo el cielo;
higueras, retamas,
tomillo y cieno,
paratas de hortalizas...
poco fruto en las mochilas
para hombres de mirada y sueños.
Azul y nubes de nácar pintan,
como un mar cercano
en la morayma del sendero.

Hombres que pasean rincones,
cobertizos que mujeres rezan,
devaneos de seda
en la memoria;
pañuelos para la cabeza,
pana raída al pecho.
Amor y paz,
pájaros libres,
alpujarreños del terruño,
olvidados en el tiempo.

Lobras al frente
y tú,
-de moreno morisco-
al fondo del eco.

Buenas noches, muchas gracias por su atención y vamos a dar inicio a las fiestas con este toque de cuerna... si es que me sale.






1 Don Natalio nació en Albuñol en 1865 y estudió Derecho. Fue elegido Diputado Provincial, siendo poco después Presidente de la Diputación Provincial de Granada con sólo veintiocho años. Del partido liberal de Sagasta llegó a Madrid como Diputado a Cortes por el distrito de Órgiva. Entre sus cargos políticos podemos enumerar: Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Madrid, Director General de Comercio, en tres ocasiones Subsecretario de la Presidencia, en otras tres de Instrucción Pública y Bellas Artes, Presidente del Ateneo de Madrid, miembro de la Academia de la Historia, Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes (Gobierno de Allendesalazar, en 1919). Se dice que la mejor forma de conquista a la gente era por la boca, regalando jamones de Trevélez.

2 La vista al mar es, en la Cora de Granada, el Clima Sahel, que le llamaron los moriscos

3 Quienes son del lugar deben saber que este Clima Sahel fueron las tierras de D. Luis Zapata, que, aun siendo natural de Llerena (Badajoz), este caballero de la orden de Santiago fue señor de todos esos pueblos de la Contraviesa, comprados al mismo rey Felipe II, según Escritura de 22 de agosto de 1559, por un valor de 64.000 ducados. ¡Cómo no, aquella gente menuda, de tez morena y muchos pintados de viruela, no iban a revelarse! D. Diego Hurtado de Mendoza dijo de esta zona: “La Alpujarra, tierra de moriscos, rebelados y no reducidos”. Pero tras las Guerras de Granada de 1568 fueron expulsados y la zona quedó “yerma y vacía”.

4 En el Archivo de la Chancillería de Granada, en el Archivo Histórico de Simancas (en Valladolid), y en el Archivo General de la Marina “Álvaro de Bazán” (en Viso del Marqués, Ciudad Real. Se ubica en el palacio del Marqués de Santa Cruz, del siglo XVI (1574-1588). El primer marqués fue Álvaro de Bazán, caballero de la Orden de Santiago, Capitán de la Mar Océana y Almirante de la Marina).

5 Popularmente se le conocía con el nombre de “La Panocha” (debe ser que haciendo referencia al femenino del gentilicio a como se le llama a los murcianos: Los panochos). Fue botada en Cartagena en 1755; volvió a zarpar en 1756 y 1770 del mismo puerto naval.

6 Su nombre y procedencia están registrados en la lista de pasajeros embarcados, precisamente en el primer viaje que realizó “La Panocha”, ese día 16 de julio de 1755.

7 Archivo de la Real Chancillería de Granada, entrada: Petronilo Morón Lara: ARCHG, Secc. Nombres, legajo 2.460

8 Aún sigue en pie en la Placeta Aljibe Trillo, n. 7.

9 Archivo de la Parroquia de la Anunciación, Lanteira. Libro de Bautismo, tomo 5, página 51, 1751.

10 Archivo de la Parroquia de la Concepción, Cádiar. Libro de Defunciones, tomo 175, página 133, 1755.