Pregón de las fiestas 2005 :
Los pueblos de Lobras

Juan Manuel Jerez Hernández

27 de agosto de 2005

Juan Manuel Jerez durante el pregón
Excelentísimo señor alcalde de Lobras y Tímar.

Mayordomos de San Agustín que ostentan la máxima autoridad en las fiestas.

Queridos amigos y amigas de Lobras y de los cortijos y forasteros que nos visitan en estos días tan entrañables:

Al final del mes de las cabañuelas, y a la hora en que callan las cigarras, Lobras sale de su sosiego cotidiano para celebrar sus fiestas que, ya anunciadas a golpe de cohete y precedidas de una espléndida semana cultural, vamos a comenzar en este momento. Pero antes, si hay aquí alguna Mónica dése por felicitada, que mañana felicitaremos a los Agustines.

Porque estas fiestas vienen de la mano de San Agustín, hijo de Santa Mónica; filósofo, teólogo, el más grande de los padres de la Iglesia y uno de sus más eminentes doctores, que murió el 28 de agosto del año 430 siendo obispo de Hipona, ahora Annaba, importante ciudad de Argelia.

¿Y que tiene que ver Lobras con la Filosofía y la Teología?. Yo no lo sé. Así que, descendamos de los cielos de los santos y de los sabios para encontrarnos con lo humilde, lo sencillo y lo popular que es lo más característico de este pueblo.

El término de Lobras tiene la cabeza en el Fuerte de Tímar, su aldea hermana, y los pies a la altura de la Venta del Empalme en La Contraviesa, entre cuyos montes y barrancos se extienden sus brazos en forma de casi treinta cortijos y cortijadas. En el centro, recostado en un entrellano, el pueblo parece un golpe de cal en el mismísimo centro de La Alpujarra, con sus casas apiñadas para dejar más sitio al campo que las envuelve, verde de olivos, que producirán tan delicioso aceite; almendros, en espera de avareao, para regalarnos sus frutos con que elaborar el rico ajo blanco y la saludable horchata de almendra; salpicados de higueras y breveras, esperando el garabato para endulzarnos los desayunos.

Rodean esta huerta, rojizas montañas de bolinas y retamas, barrancos de adelfas y cañaveras y un aire impregnado de aromas de tomillos, romeros y mastranzos.

Lobras, más que un lugar es un estado de ánimo: silencio levemente salpicado de cantos de cigarras, trinos de pájaros y murmullo de agua; aires puros, aroma de hierva fresca y cocina de puchero. En donde el urbanismo ha llegado lo justo para vivir con comodidad, pero nada más, y donde nadie tiene prisa porque nunca llega tarde.

Pero vienen las fiestas y Lobras, como el ave Fénix, renace de sus cenizas. Se llena de gente y crece el bullicio. Propios y foráneos pueblan la plaza y las calles, llenas ya de luces y banderitas, y estallan los cohetes y suena la música. Se trasnocha, se canta, se baila, se come, se bebe y se gasta más de la cuenta.

Y es ahora cuando se encuentran todos los pueblos de Lobras. Y no me refiero esta veza las casas, a las calles, a los campos, sino al pueblo, con mayúscula, compuesto por sus gentes, que configuran su personalidad y garantizan su futuro.

En Lobras hay varios pueblos:

El pueblo de ayer, el que fue, es aquel que comía solo lo que daba la tierra y pasaban menos hambre quienes tenían más obrás. El pueblo que labraba a mano, solo o a tornapeón, mirando al cielo con la esperanza de encontrar el clima favorable en cada momento para cada fase del cultivo. Cuando, aplicando la fuerza de su mano sobre la mancera, el hombre rasgaba con la reja la piel de la tierra en busca del pan de cada día, abriendo los surcos necesarios para extraer de sus generosas entrañas, sin abusos, lo que necesitaba para vivir. Y se cultivaba la cebada, el trigo y el maíz, para asegurarse las migas y las gachas de todo el año, completar la alimentación de los animales, base de la carne y los embutidos, que no los jamones, que éstos se vendían, y, si sobraba algún trigo o maíz, también se vendía para comprar al recovero lo que el campo no daba o el hombre no podía hacerse con sus manos.

Es el pueblo que tableaba con mulos y bueyes, mancajaba con frío y lluvia, regaba de noche a golpe de farol, segaba con la hoz en la mano bajo un sol de justicia; barcinaba con mulos y empalvaba en eras con el orden establecido por los números echados en el ayuntamiento. Allí se empezaba por esfalagar la mies y trillarla con trillos de rulos o de cuchillas, sobre los que los trillaores se paseaban con gallardía y con la arrogancia del propietario de un lujoso vehículo en el que invitaban a pasear a las mozas y a los niños. Y después a esperar que hiciese viento para aventar, lanzando al aire paja y grano, que caían separados entre sol, sudor y polvo. La paja a los herpiles y el grano se medía con la cuartilla, rasando con el raedor los de cebada y trigo, y colmando los de las semillas. No había kilos, sino fanegas, celemines, cuartillos, libras y arrobas.

El maíz, para que fuera del bueno se sembraba por San Marcos, el corriente, en San Antonio y por San Juan el que, para aprovechar más la finca y sacarle dos cosechas, había que plantarlo en el mismo sitio que los trigos, después de segarlos y resfriar la tierra. Y luego desfarfollaban en grupo, esperando que saliera alguna panocha pellizquera para ganarse el derecho de tirar un buen pellizco a quien estaba al lado o abrazar a todos si salía una colorá, por lo que había que elegir bien el lugar donde colocarse para poder pellizcar a quien se quisiera.

En verano se cogían los chirrines y el esparto, los primeros se llevaban al encargado de la romana y el segundo se cocía y se majaba para luego hacer tomisas, coseras, sogas y pleita para cestos, esteras, serones, capachos y aguaeras.

Eran tiempos de pocos propietarios con muchas tierras y muchos colonos con pocas, por lo que parte de las cosechas que se recogían había que llevársela al dueño, que no las trabajaba. Y dicen que hubo algún propietario que tenía dos cuartillas: una para medir los productos que recibía de los colonos y otra para medirlos cuando los vendía. No eran iguales, la primera era más grande de la cuenta, la segunda más pequeña. ...Y había que callarse porque las cosas eran así.

Las mujeres, aprovechaban su visita obligada al lavadero para conocer todo lo que pasaba en el pueblo. Junto a la corriente de agua blanquecina con olor a jabón casero, hecho con sosa y aceite reutilizado, fluían historias de algunos novios que se había ido, de almas en pena, duendes, mantequeros y mal de ojo. Y algunos hombres más gatuneros, pasaban hacia arriba con la mal disimulada intención de ver algo semioculto de la anatomía femenina cuando ellas se inclinaban a enjuagar la ropa en la acequia.

Después del trabajo, los hombres jugaban al paulo en alguna casa, a la pelota contra la pared de la iglesia o las charpas en las que casi siempre salía ganando el banquero.

Y en enero se hacía el chisco de San Antón quemando trastos viejos para afrontar el invierno con espíritu nuevo. Y en Semana Santa se velaba al Señor de rodillas, por turnos, se sacaba la procesión y las mujeres hacían el pucherico con los ingredientes que había recogido pidiendo de casa en casa. Y en San Marcos se mataba al diablo apaleando una hoja de pita o una rama de lechetrezna. Y en el Corpus, se vestían todas las calles y se hacían altares con flores de gayumba, ramos de alisos y palos de pinos. Y en San Juan, todos se lavaban la cara y las piernas en la fuente antes de que le diera el sol al agua. Y en San Agustín, las fiestas eran más cortas y sencillas que ahora, pero más intensas: los músicos venían de Cádiar y había que darle alojamiento en las casas de los vecinos, con tal respeto y hospitalidad, que nadie empezaba a comer hasta que el músico estaba sentado a la mesa. En las onomásticas y otras ocasiones, se celebraban bailes en alguna casa, con músicos locales que tañían instrumentos de cuerda. Y las bodas se celebraban con buñuelos y vino y quien carecía de posibles, tenía que llevarse a la novia para evitarse la celebración.

Esa vida, menos compleja que la de ahora, ahogaba a las gentes: el trabajo, duro y poco rentable, iba disminuyendo, y ese pueblo tuvo que salir a buscarse la vida en otros horizontes más prósperos, procurándose ingresos estables y estudios para sus hijos.

Y surge otro pueblo más: el pueblo de hoy, de mejor economía y mayor añoranza. Es el Lobras de la diáspora, el que tiene sus hijos dispersos y vienen siempre que pueden a respirar su aire, a beber su agua, a cultivar lo que les queda de campo, más por nostalgia que por necesidad, a recoger su aceite, sus almendras... a reforzar su identidad y arropar con su presencia a los pocos que quedan aquí.

Ese es otro pueblo, con mayúscula. Los que están aquí todo el año, gozando de sus virtudes y sufriendo sus carencias. Quienes, después de toda una vida de duro trabajo mal recompensado, ya liberados de las desigualdades y de la pobreza, viven hoy sin más leyes y obligaciones que las que el día a día les va dictando, sin otras preocupaciones que sus plantas, sus animalillos y sus sementeras; los que barren sus puertas para que las calles estén siempre limpias, recargan de launa los terrados para que no se caigan, blanquean sus casas para que estén sanas y adornan de plantas los rincones y las ventanas para que la primavera cuelgue siempre de las fachadas. Son los que mantienen el pueblo con su esfuerzo cotidiano para que no muera.

Pero volvamos a San Agustín: En las Confesiones, que es su obra autobiográfica, le dice al Señor: "Concédeme castidad y continencia, pero no ahora mismo". Así que, vamos a hacerle caso al Patrón: pospongamos la formalidad y la mesura hasta después de las fiestas; entonces rezaremos a San Agustín y Santa Mónica para que aquí reine siempre la paz, la armonía, el progreso y la ilusión. Pero eso el martes, porque ahora vamos a divertirnos.

Pero antes, déjenme agradecer a los mayordomos que hogaño hayan tenido la amabilidad de contar conmigo para pregonar esta fiesta; al alcalde por permitirlo y a Rosendo y a Eusebio que me contaron tantas cosas de este pueblo.

Queridos amigos y amigas de Lobras y los cortijos, y forasteros que nos visitan: Las Fiestas han llegado de nuevo, no las hagamos esperar.

¡Vivan San Agustín y Santa Mónica!

¡Viva Lobras, Tímar, Los Morones y todos los cortijos!

¡Viva La Alpujarra!

Muchas gracias.